Lecturas y reflexiones

Fragmentos de mis obras, reflexiones y lecturas de otros autores.

Fragmento de la novela que escribo en la actualidad: Salida de un baile de máscaras

Antes de sonar la medianoche, y con la televisión apagada, me senté frente a la chimenea de mi salón, aposento abigarrado de estanterías, donde los libros, cubiertos de polvo y melancolía, formaban la guardia silenciosa de mis noches. Abrí el Fausto de Goethe, con el noble propósito de trocar la soledad en reflexión, y allí, entre las llamas que danzaban como demonios color de cobre, comprendí que mi vida era un tablero inmóvil: mi ficha no había avanzado ni una sola casilla en el juego del deleite. No podía negar que, en el mundo de la pintura del siglo pasado, gozaba de honores y fama; era tenido por docto varón, profesor reputado, conferenciante buscado y consultor de toda gacetilla que osase hablar de arte. Pero me faltaba la llama interior, el soplo vital que infunde sentido a la existencia. La hoguera del hogar no era sino reflejo de otra, encendida dentro del pecho, que me abrasaba con furor de juventud reprimida. Era demasiado joven aún para pretender que los deseos no me mordieran la libido. Sabio era, mas no feliz; revestido de corbata y de conceptos, pero desnudo de pasión. Anhelaba el vértigo de lo amoroso, el sacro temblor de la carne, el estremecimiento de sentirme vivo en brazos de otro ser. Todo lo habría dado por trocar mis libros, mis cátedras y mis discursos por una sola hora de dicha carnal.

Así, sudando ante el fuego y con el pensamiento en llamas, vi claro que mi existencia, desprovista de magia, no era sino un claustro frío donde reptaba un gusano amargado. Detestaba la vida hasta rozar el deseo de su término, y en aquel instante comprendí con espanto que lo más terrible del infierno no es el fuego, sino el vacío. Entré, pues, en combustión, que no de fuego sino de espíritu, porque dentro de mi pecho bullía una ansia viva de mundo y de novedad, que ni todos los sermones de los curas hubieran bastado a templarla. Sentía que era preciso nacer de nuevo, abrir los ojos a lo desconocido, saborear las mieles del vivir ancho y sin cortapisas. Entonces, no sé por qué, dije en voz alta:

—Si el mismísimo Satanás se me presentara con su tinta de azufre y su pergamino infernal, firmaría el trato con la sangre de mis venas, sólo por conocer el secreto deleite de los sentidos.

No sé si era locura o iluminación, pero en aquel trance decidí arrasar el viejo edificio de mis costumbres honradas, levantar otro de cimientos movedizos, y echarme al mundo a probarlo todo, lo santo y lo profano, lo dulce y lo amargo, lo permitido y lo que la moral, esa beata gruñona, llama pecado. Un hervor de vida me empujaba: el hombre, me dije, ha nacido para sentir, no para contar los días como monje que desgrana rosarios.

Dio entonces el reloj de la sala doce campanadas, graves y hondas como si salieran del pecho del tiempo. Era el nuevo año que asomaba, fresco y arrogante. Eché un puñado de alhucema al fuego, y su aroma de invierno inundó la estancia con suavidad de recuerdo. Y fue en ese instante, cuando la llama, alzándose viva y alegre, iluminó el rincón donde reposaba un sillón de terciopelo, que una claridad distinta prendió en mi pecho. Percibí un perfume desconocido, mezcla de sándalo y misterio, y al volver el rostro, vi, sentado en el sillón vacío de hacía un momento, a un caballero ataviado con ropajes propios del siglo XIX cuya sola presencia parecía arrancada de un daguerrotipo. Vestía camisa de algodón con cuello y puños postizos, corbata de seda con nudo impecable, chaleco blanco de piqué, pantalones color crema que ajustaban su figura con elegante desdén, y un chaqué oscuro que le ceñía hasta la cintura. Cubría sus hombros una capa larga y, entre los dedos, sostenía un sombrero de copa bruñido como espejo. Y yo, que debiera haber temblado como mozo en confesión, pues hubiera sido lo propio, no sentí miedo alguno. Antes bien, una calma serena se apoderó de mí.

—¿Quién es usted? —pregunté con el recelo propio de quien se topa, a deshora, con una sombra de mala traza.

El extraño ser comenzó a hablar con una falta de vocalización alarmante, casi no le entendía palabra. Mientras hablaba, meneaba los brazos y el tronco con tal desenfado, que uno creería hallarse ante un poseso o un comediante de feria.

— Tranquilo, manito. Soy Maximiliano Burculpoe Sivariumbela, pero eso suena muy rancio. Dime Max, que así me llaman en el XXI.

—¿Cómo ha penetrado en mi morada, y qué hace aquí?

Bro, yo atravieso puertas, paredes, candados, todo. Eso no me frena, mi rey. Estoy aquí porque tú me llamaste.

—¿Yo? —repliqué, con un respingo.

—Sí, mi socio. Me invocaste con tu vibra bajita. Vine pa levantarte el ánimo y ponerte en el camino del perreo eterno.

—No entiendo palabra.

—Vale, man, empiezo de nuevo pa que lo pilles bien. Me llamo Maximiliano Burculpoe Sivariumbela, nací en Sevilla en 1861 y la palmé, pum, en 1896. Soy, básicamente, un fantasma a tus órdenes.

—¿Un caballero decimonónico?

—Exactamente, mi bro. Un lord del perreo vintage.

—Los paños que os cubren lo pregonan; mas vuestra habla… parece de otro mundo, y no precisamente del de ultratumba.

—Eso es por el último pana al que ayudé. —dijo el espectro con aire triunfante—. Fue un reguetonero en crisis, sin ritmo ni fe en el perreo. Lo guie hasta el goce infinito, al fuego, y él, en agradecimiento, me enseñó a sentir el beat del reguetón en el alma. Desde entonces se me pegó este flow. Mira, yo quisiera andar con mi camiseta gráfica bien dura, mis jeans anchos, hoodie, gorrita patrás, cadena gorda, lentes safari y cinturón con hebilla gigante. Hasta me haría un tatuaje que me cubriera todo el body espectro, pero no puedo. Estoy condenado a vestir como cuando me mataron. Y, por cierto, tú tampoco hablas como la gente de tu tiempo. Tienes un toque old school, como si vinieras de mi siglo, igualito que yo.

—¿Y fue asesinato lo vuestro?

—Eso lo hablamos después. Lo importante ahora es echarte una mano.

—¿Y cómo podréis ayudarme, buen Maximiliano?

—Con solo estar aquí ya te cambio la vibra. Vas a sentirte más suelto, más seguro con las mujeres, más en confianza. Ven, mírate al espejo.

Nos acercamos al recibidor, donde tengo colgado un espejo de cuerpo entero. Al ver mi figura reflejada, la aprecié con una gracia y un donaire que jamás hubiera soñado. El espectro prosiguió:

—Mírate, papi. Tienes fuego adentro, solo que no lo has dejado salir. Tienes que creer en tu poder, en tu swing. No seas roca parada en el camino del aburrimiento, sé volcán, explota en vida.

A tales palabras sentí un ardor insólito, mezcla de miedo y osadía. Decidí, sin vacilar un instante, embarcarme en una aventura urgente en contra del orden y la decencia.

—¿Qué he de hacer? —pregunté.

—Vamos al mambo, bro —dijo con sonrisa maliciosa—. Empieza por lo más prohibido, lo más picante: seduce a esa alumna que te tiene loco. Sí, papi, Rosa.

—¿Cómo lo sabéis?

—Cuando me llamaste, firmaste un trato sin leer la letra chica. Puedes verme, olerme, oírme y darme órdenes, pero yo, a cambio, lo sé todo de ti. Es la única forma de ayudarte, mi rey.

—Mas si ella me rechaza, quedaría yo infamado y perdería mi sustento.

—Va a caer, bro. Solo confía en mí, y, por ende, en ti. Esa seguridad es la llave pa abrir el corazón y el cuerpo de cualquier mujer. Vamos, escríbele, mándale un mensaje, un DM, algo. Ustedes lo tienen fácil con los celulares. En mis tiempos tenía que ir en carruaje y colarle en su balcón una nota amarrada a una tablita, todo old school. ¡Llama, man!

—¡¿Ahora?!

—Sí, papi, ahora. No esperes más, que el flow se pira.